Hace algunos días llegó a través de integrantes de equipos municipales un mensaje que los conmovió sinceramente. No era un reclamo, tampoco una crítica ni un agradecimiento protocolar. Era un testimonio íntimo, breve y honesto: el relato de alguien que había vivido algo nuevo por primera vez.
Una mujer contaba que nunca había conocido el Carnaval. Que esa noche, por primera vez, su bebé vio ese mundo de luces, música, colores y movimiento. Que jamás había vivido algo similar. Que se iba feliz, sorprendida y emocionada. Cerraba su mensaje con una frase simple y demoledora: “No sabía que la vida era así”.
Esa frase no habla de carnaval. Habla de oportunidad, de acceso y de pertenencia.
En Concordia, como en tantas ciudades del interior del país, existen personas que viven a pocas cuadras de los grandes eventos, pero a una distancia enorme de lo simbólico. Personas que están fuera de los circuitos culturales, recreativos y comunitarios, no por falta de interés, sino por falta de invitación. Porque nunca se les dijo que ese espacio también podía ser suyo.
Hay algo que suele pasar desapercibido cuando se habla de inclusión: no alcanza con que algo exista. Es necesario que alguien sepa que puede entrar, que puede participar, que puede formar parte sin pedir permiso ni sentirse fuera de lugar. Esa barrera invisible es, muchas veces, más fuerte que cualquier obstáculo material.
Cuando una política pública logra correr ese límite invisible y habilita el acceso, algo profundo sucede. No se trata de asistencialismo ni de espectáculo, sino de dignidad. De mostrar que todos formamos parte de una misma comunidad y que nadie sobra.
El reciente Concurso de Traje de Carnaval Sustentable fue, en ese sentido, mucho más que una actividad cultural o ambiental. Fue una acción concreta impulsada desde la Subsecretaría de Ambiente de la Municipalidad de Concordia, a cargo de Joaquín Gobetto, junto a la Dirección de Educación Ambiental conducida por Constanza Montoreano. Un trabajo articulado que encontró respaldo político en la gestión que encabeza el intendente Francisco Azcué y que logró unir conciencia ambiental, creatividad, reciclado y acceso social en un mismo gesto.
En ese marco, resulta imprescindible destacar el rol del Ente Permanente de Carnaval y, especialmente, la tarea de su presidente, Luis Sánchez. Su conducción, experiencia y compromiso sostenido fueron determinantes para que esta iniciativa pudiera concretarse y alcanzar la dimensión que finalmente tuvo. Bajo su presidencia, el Ente atravesó una etapa de consolidación institucional en la que el carnaval dejó de pensarse únicamente como espectáculo para afirmarse también como plataforma cultural, social y comunitaria.
La apertura permanente al diálogo, la comprensión del valor simbólico y social de cada propuesta y la visión estratégica sobre el rol del carnaval en la ciudad hablan de una conducción madura, con profundo sentido de responsabilidad pública. El respaldo brindado por Sánchez y su equipo no solo facilitó lo operativo, sino que otorgó legitimidad y proyección a una experiencia que logró articular tradición, creatividad y conciencia social.
Del mismo modo, es necesario reconocer a las comparsas Imperio, Ráfaga, Bella Samba y Emperatriz, que con enorme espíritu colaborativo cedieron materiales y partes de sus trajes para que el equipo creativo del área de Ambiente pudiera resignificarlos en esta propuesta. Ese gesto refleja el sentido más profundo del carnaval como construcción colectiva, donde la competencia convive con la solidaridad.
Toda comunidad sólida se construye sobre principios que no siempre se anuncian, pero que se practican: orden, responsabilidad, trabajo silencioso y acciones que no buscan aplauso inmediato, sino resultados duraderos.
La sustentabilidad, entendida así, deja de ser una consigna abstracta para convertirse en una práctica social. Enseña que detrás de cada residuo hay un proceso y detrás de cada proceso hay personas. Que detrás del Nodo Ambiental Concordia y del trabajo cotidiano de los recicladores urbanos existen historias reales, esfuerzos silenciosos que sostienen la ciudad desde lugares que muchas veces no se ven.
Integrar ese mundo a una celebración popular no es un gesto menor. Es un mensaje claro: nada ni nadie es descartable. Todo puede resignificarse, los materiales y también las personas.
Tal vez gobernar bien sea eso: crear condiciones para que alguien vuelva a su casa con una certeza nueva. Que la vida puede ser distinta. Que la ciudad también es suya. Ese día, para alguien, la vida fue diferente. Y cuando eso ocurre, algo se está haciendo bien.
Redacción de 7Paginas