La advertencia es esta: algo fundamental sobre la persona humana está en disputa. Y lo que está en disputa no es abstracto. Es concreto. Ocurre en las casas, en las familias, en el trabajo, en la manera en que cada uno construye su lugar en el mundo.
Lo escribo desde Concordia y desde mi fe católica. Y desde algo más: me formé como alumno y como persona en la Escuela Capuchinos, con el lema de Francisco de Asís: Paz y Bien. Un hombre que llamaba hermanos a todos. A las personas, a los animales, al sol, a la luna. No como metáfora. Como convicción.
Eso es exactamente lo que la encíclica defiende. Y es exactamente lo que hoy está bajo presión.
La novedad que trae León XIV
Los papas llevan más de un siglo pronunciándose sobre economía, trabajo y sociedad. Desde León XIII y la Rerum Novarum de 1891, la Iglesia no le esquivó a los temas difíciles. Pero Magnifica Humanitas entra en un territorio nuevo: la inteligencia artificial y lo que hace con nosotros.
No para condenarla, sino para hacer una pregunta que nadie en el poder tecnológico quiere responder: ¿quién manda cuando ella manda?
La encíclica señala algo que incomoda. El poder tecnológico ya no está en manos de los estados. Está en manos de empresas privadas, transnacionales, con recursos superiores a los de muchos gobiernos. Nadie las eligió. Nadie las controla del todo. Y sin embargo definen qué vemos, qué compramos, qué trabajo encontramos, cómo nos relacionamos.
Y en el centro de todo eso, León XIV pone algo que el mercado tiende a ignorar: el valor de una persona no depende de lo que produce, de lo que rinde, de lo que el algoritmo dice que vale. Es anterior a cualquier sistema. No se mide. No se actualiza. No se cancela.
En un mundo que reduce a cada uno a un perfil, a una serie de comportamientos predecibles, a datos que se pueden vender, esa afirmación es casi contracultural. La encíclica la sostiene sin concesiones.}
Un libro prestado por Javier
Un amigo, Javier, me prestó hace un tiempo un libro de Yanis Varoufakis, economista griego y ex ministro de finanzas, titulado Tecnofeudalismo. No es lectura fácil. Pero tiene una imagen que no se olvida.
Imagine una ciudad donde todos los edificios, todos los negocios, incluso el suelo que pisamos, pertenecen a un solo dueño. No produce nada. Simplemente cobra por el espacio. Eso, dice Varoufakis, es lo que hacen las grandes plataformas digitales: no son mercados libres, son feudos. Y nosotros, sin que nadie nos lo explique, pagamos renta por existir en ese espacio.
El comerciante de Concordia que necesita Instagram para vender, el profesional que depende de que lo encuentren en Google, la familia que usa aplicaciones para casi todo: todos pagan ese peaje. Y mientras lo pagan, entregan datos que valen más que el peaje.
León XIV lo dice desde la teología. Varoufakis lo dice desde la economía. Los dos llegan al mismo punto: hay un poder concentrado, sin rostro visible, que está redefiniendo qué somos y cuánto valemos. Y la respuesta no puede ser solo individual.
La familia no es una metáfora
La encíclica dedica espacio central a la familia. No como institución romántica ni como valor de campaña. Como el primer territorio donde la persona aprende que tiene un valor que nadie le puede quitar.
El algoritmo hace lo contrario: devuelve siempre lo que ya sabés, confirma lo que ya pensás, vende lo que ya querés. No contradice, no exige, no forma. La familia sí. Y esa fricción que a veces agota es exactamente lo que una persona necesita para crecer.
Pienso en mi casa. En Roxana, mi esposa, una de las mejores profesoras de matemáticas que conozco, que cada año tiene que reinventar la manera de enseñar porque el mundo en que aprenden Flor, Victoria y Carlo cambia más rápido de lo que cambian los programas. Esa tensión no es un problema pedagógico. Es una señal de algo más profundo: el sistema no sabe bien qué mundo le está preparando a nuestros hijos y las familias lo absorben solas, sin que nadie lo nombre.
Pienso también en mis padres. Mi papá Roque, cuyo nombre llevo con orgullo, ya no está. Mi mamá Nelly, docente jubilada, sigue estando. Los dos pertenecen a una generación que quedó fuera de la carrera tecnológica sin que nadie le preguntara si quería participar. No manejan bien las plataformas, no dominan las aplicaciones, y sin embargo saben perfectamente lo que vale una familia, lo que cuesta criarla y lo que significa perder a alguien.
Eso que el algoritmo no puede medir es exactamente lo que la encíclica defiende. Mi mamá Nelly lo encarna sin saberlo, como lo encarnan miles de adultos mayores en Concordia que miran este mundo nuevo desde afuera y sienten, con razón, que algo importante se está perdiendo.
Paz y Bien. Ese saludo franciscano que aprendí en Capuchinos dice en dos palabras lo que la encíclica desarrolla en cientos de páginas: toda persona merece ser tratada como hermana. Sin excepciones. Sin algoritmo que decida quién vale más.
Concordia en el mapa real
Esto no ocurre en otro lado. Ocurre acá.
La Plaza 25 de Mayo, las Termas, el Lago de Salto Grande, el Castillo de San Carlos, los desfiles del Carnaval, la Fiesta del Estudiante, una tarde en La Tortuga Alegre, un asado con amigos, el básquet con los amigos en el Club Ferrocarril: son espacios donde la persona sigue siendo persona, no perfil. Donde el encuentro es real. Donde la dignidad de la que habla la encíclica tiene cara y nombre.
Pero Concordia también es la ciudad donde el 49,9% de las personas viven en situación de pobreza, según los últimos datos del INDEC. Donde el ajuste nacional y los despidos de un gobierno que confía en que el mercado lo resuelve todo le dejan al Municipio cada vez menos recursos para administrar problemas cada vez más grandes. Donde el joven concordiense compite, sin saberlo, con un algoritmo que no cobra obra social, no se enferma y trabaja las 24 horas.
En ese contexto, la encíclica no es un lujo teológico. Es una brújula. Dice que el desarrollo tecnológico que no mide su impacto sobre las personas concretas no es progreso. Es otra forma de descarte.
Lo que Nelly sabe sin saberlo
León XIV no da recetas. Propone algo más difícil: que cada uno asuma su parte. Científicos, legisladores, empresarios, educadores, familias. Cada uno en su lugar.
La pregunta que me queda después de leer la encíclica no es técnica ni política. Es personal: ¿vamos a dejar que el algoritmo decida quiénes somos, o vamos a recordárselo nosotros antes de que se nos olvide a nosotros mismos?
Mi mamá Nelly no sabe responderla con esos términos. Pero la responde cada vez que llama para saber cómo estamos, cada vez que pregunta por Flor, por Victoria, por Carlo, por el Huevo, por el Tero, cada vez que insiste en que nos juntemos. Sin plataforma. Sin algoritmo. Sin datos.
Eso es lo que la encíclica llama dignidad. Yo lo llamo familia.
(*) Contador Público, Abogado, Escribano.
Columna de opinión enviada a la Redacción de 7Paginas