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El día que el PJ entrerriano blanqueó su quiebre

Se habla de “reconstruir un programa hacia 2027”, pero se arranca cerrando puertas y notificando sanciones.
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Redacción 7Paginas

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La decisión del Consejo Provincial de avanzar con el proceso de expulsión de Carolina Gaillard y Carina Domínguez no es un trámite disciplinario más: es la foto del quiebre definitivo del peronismo entrerriano.

Aunque formalmente todavía no haya expulsiones firmes, el mensaje político ya está dado: se consolida una conducción que se mira el ombligo, se cierra sobre sí misma y señala como “funcionales a (Javier) Milei y (Rogelio) Frigerio” a quienes se animaron a discutirle el rumbo… después de dos derrotas seguidas en las urnas.

Lo que se termina de materializar con esta jugada es algo que se venía incubando desde 2023: hay dos peronismos. Por un lado, la vieja foto, la que perdió la provincia y quedó pegada al derrumbe del ciclo Bordet: el elenco estable que integran, Guillermo Michel, Adán Bahl, Enrique Cresto, Gustavo Bordet, Laura Stratta, Adrian Fuertes, José Lauritto y compañía, que sigue insistiendo en que el problema es cualquiera menos ellos.

Ese peronismo ya fue rechazado en las urnas cuando Frigerio ganó la gobernación y volvió a ser castigado este año, con cuatro listas peronistas divididas y denuncias cruzadas en plena campaña.

Del otro lado está el espacio que encarna Domingo Daniel Rossi, que en 2024 quiso disputar la conducción partidaria y amagó seriamente con una candidatura al Senado, pero se encontró con lo que todos vieron: una estructura dispuesta a bajar listas, trabar internas y sostener a cualquier precio la misma foto que la sociedad ya no compra.

La consecuencia fue obvia: no hubo competencia real, se anuló la posibilidad de una renovación genuina y el PJ volvió a llegar dividido y desdibujado a la elección legislativa.

Lo que pasó en el Consejo Provincial viene a poner por escrito esa fractura. Cuando se arma una especie de “muro de Berlín” interno entre quienes se alinean a la foto del 23 y del 25 y quienes se animan a decir que así no se puede seguir, lo que se está discutiendo ya no es una sanción puntual: es quien tiene derecho a llamarse peronista en Entre Ríos.

El castigo cae sobre Gaillard y Domínguez hoy, pero la lista de dirigentes apuntados es más larga y todos saben que el mensaje también va dirigido a Rossi y a quienes no se subordinan al libreto de la conducción actual.

Rossi lo viene diciendo sin eufemismos: si la foto de 2027 es la misma que la del 2023 y la del 2025, si lo único que se propone es reciclar el peronismo perdedor que la gente dejó de votar, no hace falta que lo echen; él y muchos otros se van a ir solos.

Esa frase, que algunos en la mesa chica del PJ prefieren minimizar, resume mejor que cualquier documento el momento que atraviesa el partido: no es una pelea por cargos, es una discusión sobre si el peronismo entrerriano va a volver a ser opción de gobierno o va a quedar reducido a refugio de dirigentes que solo se cuidan entre ellos.

El rumbo elegido por la conducción parece claro: antes que abrir una autocrítica profunda sobre las derrotas, se opta por disciplinar, señalar y castigar a los que no encajan en la foto oficial. Se habla de “reconstruir un programa hacia 2027”, pero se arranca cerrando puertas y notificando sanciones.

Se invoca la “unidad” mientras se redactan expedientes internos. Y se culpa de los fracasos electorales a quienes se animaron a armar por afuera, sin admitir que esas rupturas nacen, precisamente, de la negativa sistemática a democratizar el partido.

Por eso lo que ocurrió no es una anécdota ni un chisme de interna: es el acta de defunción de aquella ficción de “peronismo unificado” que se vendió en 2023. Desde ahora, el quiebre deja de ser un murmullo de pasillo para convertirse en un dato político duro.

De un lado, la foto que la sociedad ya rechazó dos veces y que insiste en sostenerse con reglamento en mano. Del otro, un sector que viene diciendo, cada vez con menos paciencia, que sin recambio real, sin otro perfil y sin otras caras, no hay 2027 posible.

El Consejo Provincial pudo haber aprovechado esta coyuntura para convocar a todos los sectores, ordenar la discusión de cara a la sociedad y mostrar que entendió el mensaje de las urnas.

Eligió lo contrario: blindarse y apretar. El resultado es que hoy el PJ entrerriano no solo está dividido; está formalmente quebrado. Y ese quiebre ya no lo provoca nadie “de afuera”: lo firma, con su propia letra, la conducción que se resiste a dejar de ser la dueña de la foto.

Fuente: Nova