El especialista remarcó que El Niño no es un fenómeno local, sino un proceso climático de escala planetaria que modifica la circulación atmosférica y repercute en diferentes regiones del mundo. Se produce cuando las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial central registran temperaturas superiores a las habituales. Se trata de un fenómeno natural y cíclico, que alterna con su fase opuesta, conocida como La Niña, y cuya existencia se conoce desde hace más de un siglo. “Es importante aclarar que no está directamente relacionado con el calentamiento global. Es un proceso natural que siempre existió. Lo que ocurre es que, una vez instalado, modifica la circulación atmosférica y aporta una mayor cantidad de humedad a la atmósfera”, señaló.
Ese exceso de humedad incrementa la probabilidad de lluvias por encima de los promedios históricos. En consecuencia, los registros mensuales de precipitaciones suelen superar los valores normales durante los años dominados por El Niño.
Un evento que ya comenzó
A diferencia de otras oportunidades en las que el fenómeno era apenas una proyección, Heinzenknecht sostuvo que actualmente El Niño ya está instalado. En este marco, mencionó que algunas regiones del norte de Misiones y del sur de Brasil ya presentan precipitaciones muy superiores a las habituales para esta época del año. “Son señales claras de que el fenómeno ya está activo. No estamos hablando de una posibilidad futura, sino de un proceso que ya comenzó y que irá extendiendo su influencia”, afirmó.
Las estimaciones indican que el evento podría mantenerse vigente hasta abril de 2027, lo que lo convertiría en un episodio de larga duración.
Además de su extensión temporal, otro aspecto que preocupa a los especialistas es su intensidad. Según explicó el meteorólogo, las temperaturas superficiales del Pacífico ecuatorial ya superan ampliamente los valores normales y podrían continuar aumentando durante los próximos meses. Ese calentamiento representa una enorme fuente de humedad para la atmósfera, que posteriormente se distribuye mediante sistemas de tormentas en distintas regiones del planeta.
Dentro de Sudamérica, una de las áreas más expuestas es precisamente el sudeste del continente, donde se encuentra el litoral argentino y la provincia de Entre Ríos.
Riesgo de inundaciones
Uno de los principales efectos esperados para la región es el aumento del riesgo de crecidas de los ríos, como ya se advierte en ciudades ribereñas como Concepción del Uruguay y Colón, por ejemplo.
El especialista explicó que el exceso de precipitaciones primero se acumula en las cuencas altas y posteriormente desciende río abajo, proceso que puede demorarse varios meses debido al funcionamiento de las represas hidroeléctricas. Por esa razón, aunque las lluvias comiencen a incrementarse hacia fines de la primavera, los mayores caudales podrían registrarse recién durante el verano. “Las represas regulan parte del caudal, pero cuando ya no pueden contenerlo, ese volumen continúa su recorrido”, explicó.
Frente a este escenario, consideró indispensable que tanto organismos públicos como productores y poblaciones ribereñas se preparen con anticipación, tal como lo vienen en varias localidades. “El riesgo está anunciado y eso permite planificar medidas preventivas”, sostuvo.
Entre las actividades que requieren planificación anticipada mencionó a la ganadería desarrollada en las islas del Delta y del Pre Delta. Según indicó, trasladar grandes cantidades de hacienda cuando el agua ya comenzó a subir resulta muy complejo, por lo que las decisiones deben tomarse antes de que lleguen las inundaciones.
También expresó su preocupación por las familias que habitan las planicies de inundación de los ríos. Explicó que esos espacios forman parte del funcionamiento natural de los cursos de agua, que necesitan expandirse cuando aumenta el caudal. Sin embargo, la ocupación humana de esas zonas incrementa notablemente la vulnerabilidad frente a las crecientes.
Escenario para el agro
En materia productiva, Heinzenknecht sostuvo que el escenario presenta ventajas y desafíos. Entre los principales beneficiados mencionó al maíz temprano, especialmente el sembrado entre fines de agosto y comienzos de septiembre, ya que las lluvias previstas para diciembre favorecerían su desarrollo y podrían traducirse en excelentes rindes.
En cambio, advirtió que otros cultivos, como el girasol, podrían verse perjudicados por los excesos hídricos.
También recomendó que los productores evalúen cuidadosamente el comportamiento de cada lote frente a posibles anegamientos. “Las zonas bajas pueden presentar problemas importantes. Es fundamental conocer cuáles son los sectores más vulnerables antes de planificar la siembra”, señaló.
Turismo bajo amenaza
Otro de los sectores que podría verse afectado es el turismo. El reciente cierre de la Garganta del Diablo, en las Cataratas del Iguazú, debido a la crecida del río constituye, según Heinzenknecht, una señal de lo que podría repetirse en distintos puntos del país.
En Entre Ríos, por ejemplo, un aumento importante del nivel de los ríos podría afectar la temporada de playas, uno de los principales atractivos turísticos estivales. “Es un escenario posible. Ojalá las crecidas puedan demorarse o ser reguladas, pero el exceso de agua probablemente estará presente”, señaló.
Un escenario complejo
Aunque aclaró en que El Niño no es consecuencia directa del calentamiento global, Heinzenknecht señaló que ambos procesos interactúan en un contexto climático cada vez más desafiante, y refirió que los océanos muestran signos de un fuerte estrés térmico al absorber gran parte del exceso de energía generado por el calentamiento del planeta.
En ese escenario, consideró que la humanidad deberá adaptarse durante las próximas décadas a condiciones meteorológicas cada vez más extremas.
Respecto de su magnitud, comparó el evento actual con algunos de los episodios más importantes registrados en las últimas cuatro décadas. Mencionó los fenómenos de 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016, todos ellos asociados a importantes inundaciones y fuertes impactos económicos.
En contraposición, recordó que entre 2020 y 2022 predominó el fenómeno de La Niña, responsable de una prolongada sequía que culminó con la peor campaña agrícola registrada en Argentina durante 2023.
Vanesa Erbes/Diario Uno