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El primer Mundial sin mi viejo, la bandera de Malvinas y un hincha del Congo que me hizo entender todo

En una tribuna del Mundial, un hincha del Congo se vistió del héroe que quisieron borrar de la historia. Días después, los jugadores argentinos le ganaron a Inglaterra y desplegaron la bandera de Malvinas. Dos pueblos distintos, la misma pelea: que nadie nos haga olvidar lo que es nuestro.
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Lo vi por televisión, desde acá, desde Concordia, y se me hizo un nudo en la garganta por algo que al principio no tenía nada que ver con el fútbol.

Por Roque Guillermo Benedetto (*)

En una tribuna del Mundial había un hincha de la República Democrática del Congo vestido con los colores de su bandera: saco y corbata rojos, camisa amarilla y pantalón azul. Permanecía inmóvil, con el brazo derecho levantado, como una estatua. Después supe que se llamaba Michel Nkuka Mboladinga y que personificaba a Patrice Lumumba. Y confieso que tuve que buscar quién era.

Lumumba llevó al Congo a la independencia en 1960 y se animó a decirle en la cara a la potencia que lo había sometido todo lo que le había hecho a su país. Y le habían hecho de todo. El Congo venía de una colonización de terror: a los que no juntaban su cuota de caucho les cortaban las manos, a veces las de sus propios hijos, y murieron miles. Lumumba fue el que dijo basta. Lo mataron por eso.

Lo fusilaron en enero del 61, a los treinta y cinco años, con la mano de sus antiguos amos metida en el asunto. Y matarlo no les alcanzó. Lo enterraron, lo desenterraron, lo cortaron en pedazos y lo disolvieron en ácido para que no quedara nada: ni una tumba, ni un lugar donde llorarlo. Lo único que sobrevivió fue un diente de oro que un policía belga se llevó de recuerdo. La familia recién pudo darle sepultura sesenta años más tarde.

Así que ese hincha, sin decir una palabra, estaba haciendo algo enorme: traer de vuelta a un hombre al que otros habían querido borrar de la tierra. Y ahí, mirándolo, lo relacioné con lo que habíamos hecho nosotros unos días después, en ese mismo Mundial.

Le habíamos ganado a Inglaterra 2 a 1 y estábamos en la final. En pleno festejo cayó al pasto una sábana pintada a mano con cuatro palabras: “Las Malvinas son argentinas”. La había metido al estadio un hincha, a escondidas, porque estaba prohibida. Lo Celso la levantó y la mostró, y enseguida se sumaron Cuti Romero y Licha Martínez. En minutos estaba dando la vuelta al mundo.

Y acá quiero frenar, porque me importa. Esa bandera no pedía guerra. La guerra de 1982 nos costó la vida de 649 argentinos. Entre ellos hubo numerosos conscriptos de dieciocho, diecinueve y veinte años, jóvenes que fueron enviados a combatir en condiciones extremas. A muchos ni pudimos traerlos: quedaron en Darwin, bajo esa cruz que durante años decía “Soldado argentino solo conocido por Dios”. La sábana no pedía pólvora. Pedía que no nos olvidemos, y que el mundo se acuerde, en paz, de que hay una cuenta abierta desde 1833, cuando los ingleses se quedaron con las islas.

Por un rato pasó algo que casi nunca pasa: el reclamo argentino tuvo los ojos del planeta encima. No en una cumbre de esas que nadie mira, sino en una cancha de Mundial, que es el lugar más visto de la tierra.

Lo que más me pegó es que ninguno de esos jugadores había nacido cuando terminó la guerra. Y la levantaron igual, como si fuera de ellos. Y lo es. Para que algo te duela no hace falta haberlo vivido; alcanza con que te lo cuenten en tu casa, que te lo canten en la cancha. Esa sábana, sin querer, agarró de la mano a cuatro generaciones: los abuelos que empezaron el reclamo, los veteranos que la miraban por tele, estos pibes que la desplegaron, y los chicos que esa noche preguntaron en la mesa qué eran las Malvinas.

Y en un país que se pelea por absolutamente todo, esa sábana hizo algo rarísimo: nos puso a todos del mismo lado. Alguien la trató de “mensaje político”. Y sí, lo es. Pero es la única política que, en vez de separarnos, nos junta. Malvinas es una de las poquísimas cosas en las que los argentinos, por una vez, pensamos igual.

Los jugadores lo dijeron simple. A Paredes le preguntaron por la bandera y contestó “y siempre serán argentinas”. Otro dijo que era una parte triste de nuestra historia y que jugaban por todos. Nada rebuscado. La verdad de frente.

Que haya sido contra Inglaterra, en el deporte que inventaron ellos, le puso un gusto especial. Ya había pasado con Rattin en el 66 y con Maradona en el 86. Cada tanto, lo que no se arregla en una mesa termina apareciendo sobre el pasto.

Por eso vuelvo al hincha del Congo. A Lumumba lo quisieron hacer desaparecer disolviéndolo en ácido; a las Malvinas las quisieron hacer desaparecer de esa cancha, prohibiendo la bandera y tratándola de provocación. Y en los dos casos les salió mal. Un desconocido cruzó el mundo para devolverle la cara a Lumumba. Un puñado de argentinos, con una sábana, le devolvió la voz a un reclamo que habían mandado callar. Dos pueblos con la misma herida vieja, en la misma cancha, diciendo lo mismo sin haberse puesto de acuerdo.

Y esto no lo pienso solo yo, desde el sillón. Hace unos días, acá en Concordia, hubo un acto por los veteranos y los caídos. Oscar Razzeto, que preside el Centro de Veteranos de Guerra de la ciudad, dijo una frase que no me la puedo sacar de encima: “un soldado no muere en el campo de batalla, sino que muere cuando su pueblo y sus contrincantes lo olvidan”. Y agregó lo que sentimos muchos: que Malvinas es una causa común, sin grietas, y que a 44 años seguimos bregando, en paz, por una política de Estado que demuestre que las islas son argentinas y que hoy siguen usurpadas.

En ese mismo acto habló Karen Colombo, hija de un héroe de Malvinas. Contó que para ellos cada 2 de abril es poder decir “mi papá es un héroe”, y que se sienten orgullosos de acompañarlos. Y le pidió a la comunidad algo que se me quedó grabado: que Malvinas sea una causa que nos haga más humanos, con unidad, memoria, respeto y amor por la Patria.

Y ahí se me terminó de cerrar todo. Porque eso, exactamente eso, era lo que hacía aquel hincha del Congo con su traje amarillo: pelear contra el olvido, impedir que a su héroe lo borraran del todo. Los jugadores, con una sábana pintada a mano, hicieron lo mismo con lo nuestro. No sé si a alguien más le pasó; a mí, desde el sillón, se me llenaron los ojos de lágrimas. No por el partido: por los pibes que quedaron en Darwin, por el papá de Karen, por un congoleño al que no conozco y que me enseñó, sin decir una palabra, lo que Razzeto dijo con todas las letras.

Y lloré por uno más, que era solo mío. Porque este es el primer Mundial que miro sin mi viejo, Roque Mario. Esa noche lo sentí ahí nomás, abrazado a los suyos y festejando en el cielo, con sus bigotes, su sonrisa bonachona y ese vozarrón que me dejó de herencia y con el que todavía grito los goles. Él también era de los que no se olvidaban de los suyos. Tal vez por eso entendí todo.

A las Malvinas todavía no las recuperamos: siguen usurpadas. Pero ningún imperio, por más flotas, armas o siglos de dominio que tenga, puede conquistar la memoria de un pueblo. Mientras un veterano recuerde a sus compañeros, una hija pronuncie con orgullo la palabra “papá”, un chico pregunte qué son las Malvinas y nosotros sigamos llevando con amor a quienes ya no están, el olvido no habrá vencido.

Porque hay ausencias que duelen, pero también enseñan. Mi viejo me enseñó que uno no abandona a los suyos. Y aquella noche comprendí que eso mismo hace la Argentina con las Malvinas: las recuerda, las nombra y las reclama en paz. Por eso siguen siendo nuestras. No solo porque nos asiste el derecho, sino porque jamás pudieron arrancarlas de la memoria y del corazón de nuestro pueblo.

(*) Contador Público, Abogado y Escribano.

Fuente: 7Paginas