La integrante de Volando Alto visitó los estudios de Radio Rivadavia Concordia y, en el programa Punto de Inflexión, describió la dura realidad que atraviesan cientos de niños y familias de la ciudad. La organización acompaña a más de 300 chicos y prepara un cóctel solidario para el 6 de noviembre en Bodega Robinson. Lo recaudado será destinado a la construcción de un nuevo espacio de atención en La Bianca.
“La pobreza en Concordia tiene rostros, nombres e historias que muchas veces permanecen fuera de la mirada cotidiana. Detrás de los números hay chicos que no pueden aprender porque tienen hambre, familias que no consiguen acceder a una atención médica y niños que necesitan mucho más que un plato de comida para poder desarrollarse”.
Esa realidad fue expuesta por Felicita Silva, integrante de la organización Volando Alto, durante su visita a los estudios de Radio Rivadavia Concordia, donde participó del programa Punto de Inflexión. En una entrevista que combinó el anuncio de una actividad solidaria con un crudo diagnóstico social, contó el trabajo que realizan diariamente y las dificultades que encuentran al acompañar a niños en contextos de vulnerabilidad.
«El objetivo de Volando Alto es la educación, pero cuando un chico tiene hambre es imposible que pueda aprender”, resumió Silva, al explicar que la tarea de la organización no se limita al apoyo escolar, sino que busca atender las distintas necesidades que condicionan la vida de los chicos.
Más de 300 chicos acompañados y un espacio que quedó chico
Volando Alto trabaja actualmente con más de 300 niños en distintos sectores de Concordia. En el barrio La Bianca, donde acompaña a más de 160 chicos, la organización llegó a un límite de capacidad: el espacio disponible resulta insuficiente para ampliar los horarios y responder a la demanda.
Por ese motivo, el próximo viernes 6 de noviembre realizará un cóctel solidario en Bodega Robinson. El objetivo es reunir fondos para comenzar a construir un nuevo centro de atención en ese barrio.
“Hoy en La Bianca acompañamos a más de 160 chicos y el lugar que tenemos es muy chiquitito. Estamos todos los días, en todos los horarios, y llegamos a la limitación del espacio. No podemos tener más horarios y necesitamos un nuevo centro”, explicó Silva.
La integrante de Volando Alto señaló que conocen la necesidad que existe en el barrio y que hay muchos chicos que quedan afuera de las actividades por falta de lugar.
La organización cuenta con un terreno cedido en comodato y pretende comenzar a levantar allí una estructura más amplia. Para concretar ese objetivo también necesita el acompañamiento de empresas, especialmente del sector de la construcción, que puedan colaborar con materiales o apadrinar parte de la obra.
La pobreza va mucho más allá de la comida
Durante la entrevista, Silva explicó que el eje central de Volando Alto es la educación, porque la consideran una herramienta fundamental para cambiar las oportunidades de vida. Sin embargo, la experiencia cotidiana les demuestra que existen necesidades previas que deben ser atendidas.
“Cuando un chico tiene hambre es un chico que no puede aprender. Cuando tiene frío, hay situaciones de violencia o cuestiones que afectan sus emociones y su vida, es muy difícil que pueda aprender”, sostuvo.
En ese sentido, contó que el acompañamiento incluye desde el sostenimiento de las trayectorias escolares hasta la búsqueda de respuestas para situaciones de salud y documentación.
En algunos casos deben conseguir una consulta con una neuróloga, gestionar un turno médico o ayudar a una familia a resolver la falta de un documento. Son situaciones que exceden el apoyo educativo, pero que terminan siendo determinantes para el desarrollo de los chicos.
Silva también describió las dificultades que encuentran para acceder a servicios públicos. Señaló que muchas veces no se trata de falta de voluntad de quienes trabajan en esos ámbitos, sino de un sistema que no logra responder a la cantidad de necesidades existentes.
“Estamos en una ciudad que está colapsada, desde el sistema público, el sistema de salud. A veces es difícil acompañar cuando no hay turno para determinado médico o no conseguimos un profesional que pueda hacer una evaluación gratuita para un chico que la necesita”, relató.
“No podemos acostumbrarnos a la pobreza”
Uno de los momentos más fuertes de la charla estuvo relacionado con la naturalización de la pobreza en Concordia.
Para Silva, la sociedad no habla lo suficiente de una realidad que está presente a diario y que no puede reducirse a estadísticas o porcentajes.
“Me cuesta mucho hablar de números y no hablar de historias y de personas, porque en Volando Alto todos tienen un nombre, todos tienen una familia y les ponemos cara a ese número”, expresó.
La joven explicó que, cuando se vinculan con una familia, conocen las historias de los padres, las abuelas y las generaciones anteriores. En muchos casos encuentran situaciones de vulnerabilidad que se repiten de una generación a otra.
Frente a ese escenario, reconoció que el trabajo de la organización busca ofrecer a los chicos una oportunidad diferente, aunque aclaró que no siempre resulta sencillo.
“Me parece que en Concordia no se habla de la situación en la que estamos. Hace un montón que trabajamos con esta realidad y hay días que nos vamos a dormir angustiados, preocupados. No nos podemos acostumbrar como concordienses a la pobreza en la que vive parte de nuestra comunidad”, manifestó.
También puso como ejemplo una imagen que se repite en distintos sectores de la ciudad: personas buscando comida dentro de los contenedores de residuos.
“No es normal que en el centro tengamos personas adentro de los containers buscando comida. No está bueno y nosotros no lo podemos normalizar”, afirmó.
Los resultados de la educación y las historias que sostienen el trabajo
A pesar de las dificultades, Silva destacó los avances que logran los chicos que participan de los programas de la organización.
Contó que se encontraron con niños de 10 y 12 años que todavía no podían escribir su apellido y que, después de un proceso de acompañamiento, comenzaron a avanzar en lectura y escritura y a sostener sus trayectorias escolares.
La organización desarrolló un programa específico de alfabetización, a partir del trabajo de Silva —maestra especialista en esa área— y de la articulación con una psicopedagoga especializada.
Según explicó, de cada diez chicos que pasan por ese programa, ocho logran aprender a leer y escribir.
Las actividades se realizan dos veces por semana e incluyen materiales de lengua y matemática, libros, útiles y el acompañamiento de talleristas. Todo eso requiere una estructura y recursos económicos para sostenerse.
Pero los resultados no se miden solamente en el aprendizaje. También están los vínculos que se construyen con el paso del tiempo.
Silva contó que hay chicos que llevan cuatro o cinco años participando de las actividades y que encuentran en Volando Alto un lugar de pertenencia y seguridad.
Incluso, relató que algunos adolescentes de 14 y 15 años, cuando llega la hora de cerrar el espacio, piden quedarse un rato más.
“Es un lugar seguro”, describió, al referirse al vínculo que construyen con los chicos y sus familias.
Cómo se sostiene Volando Alto
La organización se financia principalmente a través de padrinos mensuales, personas que realizan aportes voluntarios de distintos montos, además de empresas que colaboran de manera periódica.
Silva explicó que hay quienes aportan 5.000, 10.000, 15.000 o 20.000 pesos por mes, y remarcó que la continuidad de esas contribuciones es fundamental para poder organizar las actividades durante todo el año.
También destacó que algunas empresas no se limitan a realizar una donación económica, sino que se involucran con el proyecto, acercan voluntarios y generan vínculos con los chicos.
La referente consideró que una colaboración pequeña, pero sostenida en el tiempo, puede tener un impacto muy importante. Cada aporte permite planificar y mantener los programas que llevan adelante.
El 6 de noviembre, una noche para ayudar
El cóctel solidario se realizará el viernes 6 de noviembre en Bodega Robinson. La propuesta busca que los asistentes disfruten de una noche con comida y bebida, pero fundamentalmente que puedan colaborar con el proyecto de construcción del nuevo centro en La Bianca.
Silva invitó a los concordienses a participar y explicó que el evento también será una oportunidad para conocer de cerca el trabajo de Volando Alto y las historias de los chicos que acompañan.
Las entradas pueden adquirirse a través de la cuenta de Instagram @volandoalto.on, en Maki Sant’Angelo o en el estudio contable de Giannis Omar, donde se pueden comprar en efectivo.
Además, la organización convoca a empresas y particulares que quieran colaborar con materiales de construcción, aportar recursos o sumarse como padrinos mensuales.
“Los esperamos el 6 de noviembre en Bodega Robinson. Pueden sacar la entrada por nuestro Instagram”, expresó Silva.
La entrevista dejó una reflexión que atraviesa todo el trabajo de Volando Alto: la educación es una herramienta indispensable, pero no alcanza con pedirles a los chicos que aprendan cuando sus necesidades más básicas no están cubiertas.
En una ciudad donde la pobreza suele quedar reducida a cifras, la tarea de quienes trabajan en el territorio permite ponerle nombre y rostro a esa realidad. Y también demuestra que, detrás de cada aporte solidario, puede existir una oportunidad concreta para que un niño tenga un futuro diferente.
Fuente: programa Punto de Inflexion de radio Rivadavia Concordia
Redaccion de 7Paginas