El caso de César Rodríguez, el maquinista de Concordia, es el ejemplo perfecto del «garrote exprés». Un tipo de los sectores populares que sufre un colapso, se emborracha y destruye bienes materiales.
No mató a nadie, pero el sistema penal reaccionó con la velocidad de un rayo y la brutalidad de una dictadura. La policía lo bajó a las trompadas en el piso, lo molió a palos en plena calle ante los ojos de todos y, en cuestión de horas, las fiscales y un juez de garantías ya le habían dictado prisión preventiva efectiva [1351925050155159/, 2026/06/26/aplicaron-25-dias-de-prision-preventiva-al-maquinista-que-provoco-graves-destrozos-en-concordia].
Al negro, calabozo instantáneo.
Para el morocho que se desborda, no hay presunción de inocencia ni piedad burocrática; hay escarmiento físico y encierro.
Cruzando la vereda del privilegio nos topamos con Juan Ruiz Orrico. El retrato impecable del cheto intocable: exdirector de Puertos, excandidato del PRO, hombre con terminales en el poder real.
Su infracción no fue romper guardabarros; fue reventar la vida de cuatro gurises laburantes —Brian, Lucas, Leandro y Axel— manejando borracho a 150 km/h en un auto oficial pagado por todos nosotros [familias-cuestionan-a-la-justicia-en-el-caso-ruiz-orrico-cuesta-entender-que-es-lo-que-sigue-demorando].
Tiene una condena a casi seis años de cárcel encima, pero Orrico no sabe lo que es el frío de una celda ni el peso de una bota policial en la nuca.
El tipo espera las apelaciones libre, durmiendo en su cama y mirando el pasto desde su ventana.Para que este engranaje clasista funcione a la perfección se necesita complicidad.
De un lado, una endogamia judicial asquerosa: los plazos para Orrico se manejan con una parsimonia exasperante en la misma Cámara de Casación de Concordia donde su propia esposa es vocal.
Del otro, la mordaza corporativa de la política: un silencio sepulcral, transversal y cómplice de oficialistas y opositores que prefieren mirar para otro lado antes que cuestionar cómo uno de los suyos usó el Estado como un arma mortal.La pedagogía que derrama la Justicia entrerriana es perversa y destructiva.
Nos están diciendo que si sos un morocho de a pie y te mandás una macana, el Estado te va a quebrar las costillas y te va a tirar a un calabozo en cinco minutos.
Pero si sos un cheto bien conectado, podés salir a matar por las rutas que tus amigos del poder te van a estirar los tiempos, te van a regalar impunidad y te van a garantizar que sigas viviendo como un rey.
Mientras los familiares de los cuatro chicos asesinados cargan con ataúdes y marchan bajo la lluvia exigiendo justicia, el sistema le cuida las espaldas al poderoso.
Es hora de dejar de llamar «Justicia» a lo que claramente es un aparato de protección clasista. En Entre Ríos, la balanza no está equilibrada; está comprada.
Nota de opinion de Dario Favre, compartida con la redaccion de 7Paginas
