El 13 de enero de 2002, en la estancia La Candelaria de Nogoyá, provincia de Entre Ríos, seis personas se esfumaron sin dejar una sola pista. Eran el peón del campo, su esposa y los cuatro hijos del matrimonio. Nadie los volvió a ver. Más de veinte años después, el caso de la familia Gill sigue siendo uno de los misterios policiales más inquietantes del país: no hay cuerpos, no hay condenados y no hay certezas sobre qué pasó aquel verano.
Rubén «Mencho» Gill era el peón de confianza del establecimiento. Su mujer, Margarita Gallegos, trabajaba como cocinera en una escuela rural de la zona. Con ellos vivían sus cuatro hijos: María Ofelia, de 12 años; Osvaldo José, de 9; Sofía Margarita, de 6; y Carlos Daniel, de apenas 2. La casa que ocupaban quedaba dentro del campo, un mundo cerrado y alejado de todo, donde la vida de la familia dependía por completo del patrón.
Aquel domingo de enero fue la última vez que se los vio con vida. Habían ido al velorio de un amigo en la localidad de Viale y, después, regresaron a la estancia. A partir de ese momento, sobre la familia cayó un silencio absoluto. No hubo llamados, ni avisos, ni despedidas. Simplemente dejaron de existir para el mundo de afuera.
Lo más perturbador apareció puertas adentro de la vivienda, donde el tiempo parecía haberse detenido. En los roperos no faltaba ninguna prenda. Los documentos de identidad de todos estaban dentro de la propiedad. Y Margarita, que se ganaba el sueldo cocinando en la escuela, había dejado su salario sin cobrar. Nadie que planea empezar de nuevo en otro lado abandona sus papeles, su ropa y su dinero.
Había, además, un detalle que volvía imposible la idea de una mudanza voluntaria: «Mencho» no tenía vehículo ni sabía manejar. Una familia de seis, con chicos muy pequeños, no podía simplemente desaparecer del campo por sus propios medios y esfumarse sin que nadie notara nada.
Pese a todo eso, pasaron alrededor de tres meses hasta que los parientes de Margarita empezaron a sospechar que algo andaba muy mal. La distancia, el aislamiento del campo y la falta de noticias hicieron que la ausencia se prolongara en el vacío, sin que nadie diera la alarma a tiempo.
Cuando por fin los familiares llegaron a la estancia a preguntar por ellos, quien los recibió fue el dueño del establecimiento, Alfonso Goette. Su respuesta fue tan breve como escalofriante: dijo que la familia «se fue de vacaciones y no volvió». Una explicación difícil de sostener para un peón sin auto, que había dejado hasta los documentos en su pieza.
Goette no era un patrón cualquiera. Dueño de unas 600 hectáreas, tenía fama de hombre de carácter fuerte y era temido en la zona. En ese universo rural y hermético, su palabra pesaba más que cualquier otra, y durante mucho tiempo su versión fue casi lo único que la investigación tuvo para ofrecer.
Así empezó un enigma que ya lleva más de dos décadas. La madre de Margarita, doña María Delia -abuela de los cuatro chicos-, todavía espera una respuesta que nunca llegó. Qué pasó realmente con los Gill después de aquel velorio, y por qué una familia entera pudo desaparecer sin que la Justicia lograra explicarlo, es lo que abre esta historia.