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Milei y el cero coma algo: el índice que eligió para hacer un recital. Roque Guillermo Benedetto

En marzo le puso nombre y apellido a su promesa: la inflación minorista iba a arrancar con cero en agosto. Cuando agosto llegó y ese número no apareció, eligió otro que sí lo hacía -uno que ningún hogar paga en el supermercado- y prometió festejarlo arriba de un escenario. Esta nota sigue el rastro de esa sustitución con los datos oficiales del INDEC: qué mide cada índice, qué pasa cuando se pone a prueba la idea de que uno "anticipa" al otro, y por qué, a tres años después de publicar un libro llamado "El fin de la inflación", la discusión terminó reducida a encontrar cualquier número que empezara con cero
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El 20 de agosto, en el cierre del Council of the Americas (Consejo de las Américas) —un foro que reúne a grandes empresas de Estados Unidos para promover el libre comercio y los mercados abiertos en la región—, Javier Milei encontró finalmente el cero que venía anunciando. El INDEC había informado que el Índice de Precios Internos al por Mayor (IPIM) de julio aumentó 0,8%, y el Presidente aprovechó el dato para confirmar que él mismo volvería a subirse al escenario, cantante y centro de atracción de otro recital: la inflación, dijo, había «arrancado con cero».
El número es correcto. Tomado por sí mismo, incluso es un buen dato. El problema aparece apenas se recuerda qué se había prometido y acá conviene que el lector haga memoria pues en marzo, al ponerle fecha al famoso “cero”, Milei habló expresamente de inflación minorista. En agosto, el número elegido para el festejo pertenecía al índice mayorista. Dos palabras distintas, dos índices distintos, un solo recital.
El recital no es sobre el índice: es sobre el exitismo, comunicado con las herramientas que Milei mejor domina. No hay conferencia de prensa ni informe técnico: hay un escenario, una banda y miles de celulares filmando para las redes. El anuncio funciona menos como dato económico que como contenido viral, diseñado para circular en el mismo lenguaje -imágenes, consignas, un video que se comparte- con el que el propio Presidente construyó su carrera política. Pan y circo, esta vez con series del INDEC de fondo y algoritmo de por medio.
Detrás de esa puesta en escena, sin embargo, hay algo que no es contenido para redes. Puede parecer una discusión para economistas, pero no lo es. Para una familia, la diferencia entre ambos índices se traduce en cosas muy concretas: alquiler, alimentos, transporte, electricidad, gas, educación, medicina prepaga. Ninguno de esos gastos cambia de naturaleza porque otra estadística -una que ese hogar jamás paga- haya empezado con cero.
La pregunta, entonces, no es si 0,8% es un dato favorable. Lo es. La pregunta es otra, y esta nota está escrita para que el lector pueda responderla solo, con los datos oficiales delante: ¿ese era el indicador sobre el que se había formulado la promesa?
1. Dos índices, dos mediciones diferentes
Antes de seguir, conviene dejar establecido qué mide cada cosa, porque de eso depende todo lo demás.
El IPC (Índice de Precios al Consumidor) mide la variación de los precios de los bienes y servicios representativos del consumo de los hogares. Ahí están los alimentos, la vivienda, los alquileres, la salud, la educación, el transporte, la indumentaria y los servicios que forman parte del gasto cotidiano.
El IPIM (Índice de Precios Internos al por Mayor) mide otra etapa del proceso: la variación de los precios a los que productores e importadores venden bienes en el mercado interno. Incluye productos primarios, manufacturados, energía eléctrica y bienes importados. No es un índice del costo de vida ni un índice de costos de producción: es un índice de precios de venta mayorista, ni más ni menos.
La diferencia puede explicarse sin tecnicismos innecesarios: el IPC sigue los precios de los bienes y servicios que consumen los hogares; el IPIM sigue precios mayoristas de bienes. Pueden influirse entre sí, pero no son intercambiables —y sin embargo, el 20 de agosto, alguien los intercambió frente a un auditorio de empresarios sin que nadie se lo objetara en el momento.

2. La promesa tenía nombre
El 19 de marzo de 2026, durante el Foro Económico del NOA, Milei desarrolló su explicación sobre la inflación mayorista. Sostuvo que era el índice que se adelantaba al minorista y presentó esa relación como parte de su argumento.
Hasta ahí no hay controversia: el Presidente hablaba del índice mayorista, con nombre y apellido. Pero, en esa misma exposición, cuando dejó la explicación general y formuló un pronóstico concreto para agosto, cambió de índice sin avisar: “Es de esperar que para el mes de agosto de este año la inflación minorista arranque con cero. Les guste o no les guste.”
La frase consta en la transcripción oficial de la Presidencia de la Nación. Y precisamente porque en el mismo discurso había distinguido entre mayorista y minorista pocos minutos antes, resulta difícil atribuir la palabra “minorista” a un lapsus, máxime cuando el presidente es un economista.
Cuando fijó la meta habló de inflación minorista. Cuando llegó agosto, el cero apareció en la mayorista, y ese fue el dato elegido para el festejo.
Al 20 de agosto de 2026, ningún índice correspondiente a agosto había sido publicado.
El último IPC disponible era el de julio: 2,1%. El último IPIM también correspondía a julio: 0,8%.
Sin embargo, Milei tomó ese 0,8% mayorista de julio para afirmar que la inflación había “arrancado con cero”.
El problema es sencillo: en marzo había hablado de inflación minorista para agosto. En agosto, todavía sin datos de ese mes, presentó como cumplimiento de aquella promesa un dato mayorista de julio. No cambió el dato, cambió el índice y también cambió el mes de referencia.
3. ¿El mayorista anticipa realmente al minorista?
Queda entonces la explicación utilizada para tender un puente entre ambos indicadores: el mayorista, según Milei, anticipa al minorista. Como hipótesis económica general, que ciertos movimientos de precios en etapas anteriores de la cadena puedan trasladarse al consumidor es razonable. El problema empieza cuando esa relación se presenta como si funcionara de manera automática, mes a mes, cada vez que hace falta.
Para observarlo de forma sencilla, alcanza con un ejercicio descriptivo, al alcance de cualquiera con una calculadora y la serie del INDEC: identificar movimientos relevantes del IPIM y mirar qué ocurrió con el IPC dos meses después. No es una prueba econométrica ni pretende reemplazarla. Sirve para algo más acotado y, para esta discusión, suficiente: comprobar si, en los episodios seleccionados, aparece la dirección que cabría esperar si la anticipación fuera tan lineal como se la suele presentar en un escenario.

Si el IPIM anticipara al IPC con dos meses de diferencia, la lógica sería sencilla: cuando el mayorista desacelera, dos meses después debería desacelerar el minorista; cuando el mayorista acelera, el IPC debería acompañarlo, pero al mirar algunos de los movimientos más marcados de la serie, ocurrió justamente lo contrario.
En diciembre de 2024, el IPIM desaceleró hasta 0,8% y dos meses después, el IPC de febrero de 2025 fue 2,4% y aceleró.
En mayo de 2025, la señal fue todavía más fuerte: el IPIM cayó a -0,3%, es decir, hubo deflación mayorista, pero dos meses después, el IPC de julio fue 1,9% y volvió a acelerar.
En abril de 2026 ocurrió el movimiento inverso. El IPIM se disparó a 5,2%. Si el mayorista anticipaba al minorista, cabía esperar una aceleración posterior del IPC, pero dos meses después, el IPC de junio fue 1,9% y desaceleró.
Y mayo de 2026 ofrece quizás el ejemplo más claro. El IPIM pasó de 5,2% a 2,5%: no bajaron los precios mayoristas, pero su ritmo de aumento se redujo 2,7 puntos porcentuales en apenas un mes. Dos meses después, el IPC hizo lo contrario: pasó de 1,9% en junio a 2,1% en julio.
En los cuatro episodios, la señal mayorista y el movimiento posterior del IPC fueron en direcciones opuestas.
Eso no demuestra que entre ambos índices no exista ninguna relación. Sí muestra algo bastante más concreto: los datos no respaldan una regla simple según la cual el IPIM permita anticipar, dos meses después, hacia dónde se moverá el IPC.
Y en mayo de 2026 la escena resulta particularmente gráfica: el mayorista frenó con fuerza; dos meses después, el minorista aceleró. La supuesta anticipación, al menos allí, llegó en dirección contraria.
4. Por qué el mayorista puede bajar y el minorista no acompañarlo
La diferencia entre ambos índices no es solamente metodológica, sino que también reaccionan de manera distinta frente a las condiciones de la economía. El IPIM está compuesto principalmente por bienes -productos agropecuarios, manufacturas, energía y productos importados- y por eso es más sensible al tipo de cambio, a los precios internacionales y a la competencia externa.
Durante 2026, además, el valor del dólar se mantuvo relativamente contenido frente al aumento de los precios internos, es decir muchos precios de la economía subieron más rápido que el dólar. Eso hizo que los productos importados resultaran relativamente más baratos y ejercieran mayor presión competitiva sobre los bienes producidos en el país. Es lo que habitualmente se describe como un “dólar barato” o un “atraso cambiario”, aunque técnicamente esas expresiones requieren cierta cautela.
La apertura comercial reforzó ese efecto. Cuando ingresan productos importados a precios más bajos, las empresas nacionales tienen menos margen para aumentar sus precios sin perder mercado y es esa mayor competencia puede moderar algunos componentes del IPIM, especialmente aquellos más expuestos al comercio exterior.
Pero que se moderen los precios mayoristas de determinados bienes no significa que se desaceleren al mismo ritmo todos los gastos que enfrenta una familia.
El IPC tiene una composición mucho más amplia. Además de bienes, incluye alquiler, electricidad, gas, transporte, educación, salud, comunicaciones y otros servicios cuyos precios responden a regulaciones, contratos, tarifas y estructuras de costos diferentes. Un dólar contenido o una mayor competencia importada pueden influir sobre el precio de un electrodoméstico, una cubierta o un producto industrial, pero no actúan de la misma manera sobre el alquiler, la prepaga o una factura de servicios.
Por eso, un IPIM bajo puede convivir perfectamente con un IPC bastante más alto y no hay allí ninguna contradicción estadística: cada índice mide una parte distinta del proceso y está expuesto a fuerzas diferentes.
El 0,8% del IPIM de julio, entonces, puede ser leído como un buen dato mayorista, pero no permite concluir, por sí solo, que la inflación que enfrenta una familia haya descendido al mismo nivel y esa diferencia es central para esta nota: que el índice mayorista empiece con cero no convierte ese cero en inflación minorista.
5. Cuando se acumulan los meses, la diferencia se vuelve más visible
Mirar períodos más largos evita quedar atrapados en el dato de un solo mes y evita, también, que un festejo puntual funcione como cortina de humo. En 2024, el IPC acumuló 117,8% y el IPIM 67,1%. En 2025, el IPC acumuló 31,5% y el IPIM 26,2%. Entre enero y julio de 2026, el IPC acumuló 19,3% frente a 16,6% del IPIM.
Hubo meses puntuales en los que el IPIM superó al IPC, y no se trata de ocultarlos: ya aparecieron en la sección anterior. Por eso conviene mirar el acumulado, que da una imagen más completa: en los tres períodos comparados, sin excepción, el IPC terminó por encima del IPIM.
Y hay un dato más que explica por qué la discusión sobre el «cero» no es un detalle menor. Entre enero de 2024 y julio de 2026, el IPC mensual nunca dio una variación que empezara con cero. El IPIM sí, y no una sola vez. Elegir cuál de los dos mostrar no es entonces una cuestión técnica: es la diferencia entre una fotografía real de la economía y otra que un Gobierno elige mostrar a la opinión pública porque le conviene.

6. El arte de no haberse equivocado
En mayo de 2023, todavía como candidato, Milei publicó un libro que no dejaba lugar a interpretaciones generosas: se llamaba «El fin de la inflación». El prólogo lo escribió Manuel Adorni, quien después sería vocero presidencial y, ya en el Gobierno, recordó públicamente que ese título se iba a cumplir de la mano de Milei. Conviene tenerlo presente para lo que sigue, porque la escena de agosto tiene una ironía difícil de pasar por alto: casi tres años después de esa promesa, la discusión terminó concentrada en encontrar un índice que empezara con cero, cualquier índice, con tal de que empezara con cero.
Y aquí aparece otro título que resulta casi demasiado oportuno: «Defendiendo lo indefendible», un libro del economista libertario estadounidense Walter Block. No hace falta conocer al autor ni haber leído el libro para captar la metáfora: el título solo ya alcanza. Porque el 0,8% del IPIM no tiene nada de indefendible -es un dato oficial, verdadero y favorable-, lo indefendible, en todo caso, es presentarlo como el cumplimiento de una promesa que se había formulado expresamente sobre la inflación minorista de agosto. Para eso sí hace falta cierto malabarismo.
Ahí está la secuencia completa, sin necesidad de interpretarla: la promesa mencionó un índice y un mes; el festejo utilizó otro índice y otro mes. El 0,8% no cambió ni necesita ser discutido, lo que cambió fue el lugar que se le asignó dentro del relato.
Y así volvemos al comienzo. «Cero coma algo» había, pero para encontrarlo hubo que mirar una estadística que casi nadie consulta cuando quiere saber qué pasó con la inflación. Lo que sí va a consultar esa misma gente es el video del recital: treinta segundos que van a sumar más vistas y más compartidos que cualquier informe del INDEC. Ahí está la apuesta real: que el éxito del anuncio se mida en reproducciones, no en si a esa familia el sueldo le alcanza. En ese sentido, el recital ya cumplió: tiene su número, su escenario y su público. Lo único que todavía le falta es el índice que se había prometido.