“Todavía tengo marcas arriba de la rodilla de las heridas que me hice”. La frase de María Evelyn Garay resume una de las experiencias más duras que recuerda de su paso por el monasterio de la Preciosísima Sangre y Nuestra Señora del Carmen, en la zona sur de Nogoyá. Fue monja carmelita de clausura entre 2002 y 2005 y hoy, a partir de su testimonio, vuelve a describir las prácticas de mortificación, el aislamiento y la obediencia que marcaron aquellos años.
La historia cobró nueva repercusión con Cautiva, la serie que recrea el caso de las excarmelitas que denunciaron judicialmente a la entonces priora Luisa Toledo. Garay habló con el programa Puro Cuento, de Radio Plaza 94.7, después de ver el primer capítulo de la producción, y aclaró que, aunque la considera una ficción muy bien realizada, su propia experiencia tiene particularidades que no necesariamente aparecen en la pantalla.
“Es preciosa la serie, pero yo tuve mi propia experiencia ahí adentro”, señaló.
Su relato aporta otra mirada sobre la vida dentro del convento de Nogoyá: no solamente por las prácticas físicas que describió, sino también por las reglas que, según afirmó, condicionaban la comunicación con el exterior, el vínculo con la familia y hasta la posibilidad de construir una amistad con otra religiosa.
El silicio y las heridas que todavía recuerda
Uno de los pasajes más impactantes de la entrevista fue cuando Garay habló del silicio, un instrumento de mortificación que describió como un alambre que se ajustaba alrededor de la pierna.
Según explicó, las prácticas de penitencia no se presentaban desde el primer momento, sino que eran introducidas progresivamente, a medida que las religiosas avanzaban en su adaptación a la vida de clausura.
“Por eso ellas tienen sus tiempos para enseñarte las cosas y no te las dicen antes de entrar. No te asustan con esas cosas. Vos entrás y es todo maravilloso, hermoso”, relató.
Con el tiempo, sostuvo, las renuncias propias de la vida religiosa —como el silencio, la distancia de los familiares y las restricciones alimentarias— se sumaban a otras formas de sacrificio que implicaban dolor físico.
En su caso, las consecuencias siguen presentes en su memoria y, según afirmó, también en su cuerpo. “Todavía tengo marcas arriba de la rodilla de las heridas que me hice”, reiteró.
Garay también señaló diferencias entre las escenas que aparecen en Cautiva y lo que recuerda de su permanencia en el monasterio. En particular, afirmó que los golpes de mortificación se aplicaban en las nalgas y no en la espalda, como se representa en la ficción.
Se trata de un testimonio personal que vuelve a poner el foco en las prácticas que se desarrollaban dentro del Carmelo y en los límites entre la disciplina religiosa y el sufrimiento físico.
Tres años junto a Silvia Albarenque, pero casi sin poder hablar
Durante su permanencia en el convento, Garay compartió la vida cotidiana con Silvia Albarenque, una de las excarmelitas que denunciaron a Toledo. Sin embargo, pese a convivir durante más de tres años, aseguró que las posibilidades de comunicación eran mínimas.
“Estuvimos tres años y tres meses juntas, viviendo, durmiendo, trabajando en la misma zona, en la misma área, y sin embargo hablamos contadas con una mano las veces que hablamos”, recordó.
La explicación, según su relato, estaba en las estrictas normas de silencio y en la separación entre novicias y profesas. Las religiosas podían coincidir en determinados momentos de recreación, pero incluso allí existían limitaciones para conversar y acercarse a las demás.
“No teníamos comunicación. Y no se podía hacer una amistad ahí adentro”, sostuvo.
La distancia no se limitaba a las relaciones entre las integrantes de la comunidad. También alcanzaba a sus familias, con visitas restringidas y comunicaciones que, según Garay, estaban sometidas a un fuerte control.
Cartas dictadas y una familia que quedaba afuera
La excarmelita describió un sistema en el que, según su experiencia, el contacto con el mundo exterior se reducía al mínimo. Las visitas familiares se realizaban una vez al mes y, en el caso de su comunidad, una reja separaba a las religiosas de quienes acudían a verlas.
También aseguró que las cartas destinadas a sus seres queridos eran supervisadas y que, en ocasiones, las propias religiosas les indicaban qué debían escribir.
Como ejemplo, relató que, después de una visita de su madre, le hicieron redactar una carta para pedirle que volviera a teñirse el cabello de su color natural, porque el rubio no habría sido del agrado de Dios.
“Lo hice, porque no tenés otra opción más que obedecer ahí adentro”, contó.
Garay explicó que, dentro de esa lógica, la familia comenzaba a ser presentada como parte de un mundo al que la religiosa debía renunciar.
“Te hacen entender que el resto del mundo te perjudica”, afirmó.
Sus palabras describen una experiencia en la que, según sostuvo, la obediencia no se limitaba a las prácticas espirituales, sino que alcanzaba decisiones personales y vínculos afectivos.
Una vida organizada entre rezos, trabajo y reglas estrictas
La jornada comenzaba a las 5.30 de la mañana, cuando una religiosa recorría las celdas haciendo sonar unas tablillas para despertar a la comunidad. Luego, las monjas se preparaban en silencio para rezar los laudes y participar de la misa.
Después del desayuno llegaba el momento del trabajo. En el Carmelo de Nogoyá, recordó Garay, elaboraban estatuillas de yeso, confeccionaban rosarios con cuentas de pétalos de rosa y realizaban tareas en la huerta y el jardín.
La rutina se repetía entre oraciones, comidas, labores y recreos, con horarios definidos y escaso margen para la espontaneidad.
Incluso los espacios destinados a sentarse durante los momentos de descanso tenían marcas que delimitaban el lugar que podía ocupar cada religiosa.
“Las monjas no se pueden tocar las manos”, describió, al explicar las restricciones que, según su experiencia, condicionaban el contacto físico y la cercanía entre las integrantes de la comunidad.
La salida del convento y las secuelas personales
Garay permaneció en el monasterio durante tres años y tres meses. Su salida se produjo después de que la comunidad aprobara su decisión mediante una votación, cuando la priora era la madre María de los Ángeles.
Explicó que quería continuar su camino junto a las hermanas mercedarias, cuya labor había conocido previamente en Córdoba. Sin embargo, abandonar la clausura no significó dejar atrás inmediatamente todo lo vivido.
“Salí, pero salí no con pocos traumas”, afirmó.
Según su testimonio, durante su permanencia en el convento había aprendido a no expresar opiniones propias y a aceptar las decisiones de sus superiores. Incluso recordó que le corregían la caligrafía cuando escribía a su familia.
“Ahí adentro te dejan en claro que tenés que acostumbrarte a no tener opinión, a no tener palabra, destruyen tu personalidad”, expresó.
Después de salir, contó, tuvo que afrontar el desafío de reencontrarse consigo misma, recuperar la autoestima y volver a sentirse querida.
“Cuando estás afuera, te cuesta muchísimo encontrarte nuevamente, volver a quererte también, volver a sentirte amada”, señaló.
Sobre la madre María de los Ángeles, quien estaba al frente de la comunidad durante su permanencia, Garay ofreció una valoración personal positiva. Aclaró que no vivió la transición en la que asumió la conducción la madre Isabel de la Trinidad, identificada en su relato como Luisa Toledo, porque para entonces ya había abandonado el convento.
La causa judicial que sacudió a Nogoyá
El testimonio de Garay vuelve a cobrar relevancia en el contexto del caso que tuvo como protagonistas a Silvia Albarenque y Roxana Peña, quienes en 2016 denunciaron judicialmente a Luisa Toledo por hechos vinculados con tormentos y privación ilegítima de la libertad.
El 5 de julio de 2019, Toledo fue condenada a tres años de prisión de cumplimiento efectivo. El Tribunal de Juicio y Apelaciones de Gualeguay la encontró culpable de privación ilegítima de la libertad en perjuicio de ambas excarmelitas, a quienes, de acuerdo con la sentencia, había impedido salir del Carmelo durante años y sometido a violencia, amenazas y tormentos no contemplados en las constituciones de la orden religiosa.
La condena convirtió al caso en uno de los episodios judiciales más resonantes vinculados con una comunidad religiosa en Entre Ríos.
Ahora, con la repercusión de Cautiva, la historia vuelve a instalar preguntas sobre lo ocurrido puertas adentro del monasterio, los mecanismos de obediencia y aislamiento y las consecuencias que estas experiencias pueden dejar en quienes abandonan una comunidad de clausura.
“Las celdas de Dios”, el libro con el que busca contar su historia
Garay adelantó que está terminando de escribir un libro titulado Las celdas de Dios, que prevé publicar a través de Amazon. Explicó que comenzó a escribir para no olvidar lo vivido y que, con el tiempo, el proyecto se transformó en un relato sobre las costumbres, las reglas y la vida cotidiana dentro del convento.
El título alude a las habitaciones individuales de las religiosas y a la soledad que, según describió, caracterizaba buena parte de la convivencia.
En su reflexión final, la excarmelita planteó las preguntas que comenzó a hacerse durante su permanencia en el Carmelo: “¿Realmente esto es lo que quiere Dios de mí? ¿Que me lastime? ¿Esto realmente es algo bueno para la Iglesia?”.
Su testimonio, distinto del de las denunciantes que llevaron el caso a la Justicia, aporta una nueva voz a una historia que marcó a Nogoyá y que hoy vuelve a generar repercusiones. Detrás de la ficción televisiva, Garay busca que su propia experiencia también sea conocida: una vida de clausura que, según asegura, le dejó recuerdos difíciles de borrar y marcas que todavía conserva.
Con información de Entre Rios Ahora
Redaccion de 7Paginas